Cuando los impuestos se convierten en un problema político: el descontento en la Galilea de Jesús

Las cargas fiscales, las deudas y las grandes obras de Herodes Antipas formaban parte de un escenario social tenso. En ese mundo creció Jesús, mientras el dominio romano provocaba resistencias que en ocasiones terminaron convirtiéndose en rebeliones abiertas

Recreación artística de la reconstrucción de Séforis durante el gobierno de Herodes Antipas. El crecimiento de las ciudades galileas exigía trabajadores y recursos procedentes del territorio circundante, mientras pequeñas aldeas como Nazaret permanecían vinculadas a una economía fundamentalmente rural.

Los impuestos podían resultar pesados para una familia campesina, pero el problema iba mucho más allá de tener que entregar una parte de lo producido.

Una mala cosecha podía obligar a pedir dinero prestado.

Una deuda que no pudiera pagarse podía acabar con la pérdida de una parcela.

Y quedarse sin tierra podía significar pasar a depender del jornal que ofrecieran otros propietarios.

Ese proceso ayuda a entender algunas de las tensiones que recorrieron Galilea y Judea durante las primeras décadas del siglo I.

Porque mientras Jesús crecía en Nazaret, a pocos kilómetros de allí estaban ocurriendo cambios importantes.


Una economía campesina con poco margen para el desastre

La mayoría de las familias galileas vivía directa o indirectamente de la tierra.

Eso las hacía especialmente vulnerables.

El agricultor necesitaba obtener suficiente producción para alimentar a su familia, reservar semillas, afrontar sus obligaciones económicas y disponer todavía de recursos hasta la siguiente cosecha.

Si algo fallaba, el equilibrio podía romperse.

Una sequía, una mala cosecha o una deuda acumulada podían empujar a una familia hacia una situación difícil de revertir.

No todos los campesinos terminaron perdiendo sus propiedades, naturalmente, ni debemos imaginar una Galilea formada exclusivamente por una población miserable. Pero sí existían mecanismos capaces de aumentar las diferencias entre quienes disponían de tierras y recursos suficientes y quienes vivían mucho más cerca de la subsistencia.


Herodes Antipas estaba transformando Galilea

A esta realidad se añadió un fenómeno que debió resultar muy visible durante la juventud de Jesús.

Herodes Antipas emprendió un importante programa de construcción y reorganización de su territorio.

Dos ciudades destacan especialmente.

Séforis y Tiberíades.

Séforis se encontraba a muy poca distancia de Nazaret. Había sido destruida durante los disturbios posteriores a la muerte de Herodes el Grande, en el año 4 a.C., y Antipas la reconstruyó hasta convertirla en uno de los principales centros políticos de Galilea.

Décadas después fundó Tiberíades junto al lago de Galilea y trasladó allí su capital.

Aquellas ciudades no surgían de la nada.

Había que construir edificios, calles, residencias y estructuras administrativas. Había que abastecer a sus habitantes y mantener a la corte y a quienes dependían de ella.

Todo eso necesitaba recursos.


Séforis estaba muy cerca de Nazaret

La proximidad entre Séforis y Nazaret ha provocado una pregunta inevitable.

¿Trabajó Jesús allí?

Los evangelios no lo dicen.

Jesús aparece identificado mediante el término griego tekton, que suele traducirse como «carpintero», aunque su significado es más amplio y puede hacer referencia a un artesano o trabajador de la construcción.

De ahí que se haya planteado la posibilidad de que Jesús o José hubieran encontrado trabajo en las obras de Séforis.

Es posible.

Pero no podemos presentarlo como un hecho.

No existe ninguna fuente antigua que sitúe a Jesús trabajando en aquella ciudad. Lo que sí sabemos es que Séforis estaba muy cerca de Nazaret y que su reconstrucción coincidió aproximadamente con los años en los que Jesús creció en Galilea.

La posibilidad resulta sugerente precisamente por eso, aunque debe permanecer en el terreno de la hipótesis.


La ciudad y el campo dependían uno del otro

El crecimiento urbano también alteraba las relaciones económicas del territorio.

Las ciudades concentraban administración, poder político, riqueza y consumo. El campo proporcionaba buena parte de los alimentos y recursos necesarios para sostenerlas.

No eran dos mundos aislados.

Un campesino podía no haber pisado nunca un palacio de Antipas y, sin embargo, contribuir indirectamente al mantenimiento del sistema que lo hacía posible.

Esta diferencia entre el mundo rural y los centros de poder resulta especialmente interesante cuando observamos la actividad posterior de Jesús.

Los evangelios lo sitúan principalmente recorriendo aldeas y pequeñas poblaciones.

Nazaret.

Cafarnaum.

Caná.

Betsaida.

Los caminos que rodeaban el lago.

En cambio, resulta llamativo el escaso protagonismo que tienen las grandes ciudades galileas en los relatos sobre su actividad pública.


El año 6 d.C. cambió las cosas en Judea

Mientras Antipas gobernaba Galilea, al sur ocurrió algo importante.

Arquelao, otro de los hijos de Herodes el Grande, había recibido Judea, Samaria e Idumea. Su gobierno terminó siendo tan problemático que Augusto decidió destituirlo en el año 6 d.C.

Entonces Judea pasó a estar sometida a una administración romana directa vinculada a la provincia de Siria.

Y Roma hizo algo perfectamente lógico desde el punto de vista administrativo.

Quiso saber qué tenía bajo su control.


El censo de Quirinio

El gobernador de Siria, Publio Sulpicio Quirinio, llevó a cabo un censo relacionado con la reorganización fiscal del territorio.

Aquello provocó resistencia.

Flavio Josefo cuenta que Judas el Galileo, acompañado por un fariseo llamado Sadoc, se opuso al censo y llamó a la población a rechazar la medida.

Para Judas, aceptar el tributo significaba algo más que pagar dinero.

Suponía reconocer la soberanía de Roma.

Y ahí estaba el verdadero problema.

Si Israel pertenecía a Dios, ¿hasta dónde podía llegar la autoridad de un emperador extranjero sobre su pueblo?

La fiscalidad se había convertido en una cuestión religiosa y política.


Judas el Galileo y la resistencia contra Roma

Josefo consideró aquella protesta el origen de una corriente particularmente radical dentro del judaísmo de su tiempo.

Sus partidarios defendían que Dios debía ser reconocido como único señor y rechazaban someterse a una dominación extranjera.

Conviene no simplificar demasiado este movimiento ni identificar automáticamente a Judas con los zelotes de décadas posteriores. La evolución de las distintas corrientes de resistencia contra Roma fue bastante más compleja.

Pero el episodio demuestra algo importante.

Los impuestos podían convertirse en la chispa de una rebelión.

Y todo esto ocurrió cuando Jesús era todavía joven.


Jesús creció en una tierra donde Roma no era una abstracción

Para alguien nacido en Galilea alrededor del cambio de era, el poder imperial podía percibirse de muchas maneras.

Estaba en los gobernantes que dependían de Roma.

En los impuestos.

En las monedas.

En las ciudades levantadas por los Herodes.

En las autoridades que mantenían el orden.

Y, cuando ese orden se quebraba, también estaba en los soldados.

La generación de Jesús había crecido con el recuerdo de las revueltas ocurridas tras la muerte de Herodes el Grande y con noticias sobre movimientos como el encabezado por Judas el Galileo.

La dominación romana formaba parte del paisaje político.


«¿Es lícito pagar tributo al César?»

Años después, durante la actividad pública de Jesús, la cuestión seguía viva.

Los evangelios cuentan que algunos adversarios intentaron comprometerlo mediante una pregunta cuidadosamente escogida:

«¿Es lícito pagar tributo al César o no?»

La pregunta era peligrosa precisamente porque no existía una respuesta inocente.

Negarse públicamente al tributo podía interpretarse como oposición al poder romano.

Aceptar sin reservas el impuesto tampoco estaba libre de consecuencias ante quienes consideraban aquella dominación ilegítima.

La conocida respuesta atribuida a Jesús, «dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios», sólo adquiere toda su dimensión cuando se coloca dentro de este contexto.

No era una discusión abstracta sobre fiscalidad.

Detrás había décadas de dominación extranjera, impuestos, censos y rebeliones.


El reino de Dios también se predicó en ese mundo

Sería excesivo reducir la predicación de Jesús a una reacción contra la pobreza o convertirlo simplemente en un dirigente de protesta social.

Las fuentes no permiten hacerlo.

Su anuncio del reino de Dios pertenecía a una tradición religiosa judía mucho más amplia y tenía una fuerte dimensión escatológica.

Pero tampoco podemos separar ese mensaje del mundo concreto en el que fue pronunciado.

Jesús habló del hambre a personas que podían conocerla.

Habló de deudas a quienes podían endeudarse.

Utilizó como personajes a jornaleros, campesinos, administradores y propietarios porque formaban parte del paisaje humano que lo rodeaba.

Y habló del reino de Dios en una tierra que ya tenía gobernantes.

Herodes Antipas en Galilea.

El prefecto romano en Judea.

Y, por encima de todos ellos, el emperador.

Ese es uno de los aspectos que hacen especialmente interesante reconstruir la Galilea del siglo I. Las palabras atribuidas a Jesús dejan de flotar en un escenario indefinido y regresan al mundo en el que fueron pronunciadas.

La serie «Jesús de Nazaret» profundiza precisamente en ese contexto histórico, social y religioso, porque comprender al Jesús histórico exige conocer también la tierra en la que vivió, las tensiones que atravesaban a sus habitantes y el poder político bajo el que transcurrió su vida.

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