Herodes el Grande: por qué fue uno de los reyes más odiados de la historia de Judea

Aunque transformó Judea con grandes construcciones y proporcionó décadas de estabilidad política, muchos de sus propios súbditos jamás aceptaron a Herodes como un rey legítimo

Representación artística de Herodes el Grande contemplando una multitud hostil frente al Templo de Jerusalén. Aunque fue uno de los gobernantes más capaces y ambiciosos de Judea, una parte importante de sus súbditos nunca lo aceptó como un rey legítimo debido a su estrecha alianza con Roma, su origen idumeo y la dureza de su gobierno.

Pocas figuras del mundo en el que nació Jesús de Nazaret resultan tan contradictorias como Herodes I el Grande.

Fue un gobernante extraordinariamente eficaz, un político hábil y uno de los mayores constructores de la Antigüedad oriental. Bajo su mandato, Judea vivió un largo periodo de estabilidad, se levantaron fortalezas, ciudades, puertos y palacios monumentales, y el templo de Jerusalén fue reconstruido con una magnificencia nunca vista.

Sin embargo, casi nada de eso bastó para ganarse el afecto de su pueblo.

Para una parte importante de los judíos, Herodes representaba exactamente lo contrario del rey ideal. Su ascenso al poder había dependido de Roma, sus costumbres parecían demasiado cercanas al mundo grecorromano y su forma de gobernar estaba marcada por la sospecha, las ejecuciones y una violencia constante.

No es casual que, décadas después de su muerte, siguiera siendo recordado como el prototipo del tirano.


Un rey al que muchos judíos nunca consideraron suyo

Herodes llegó al poder gracias al respaldo de Roma.

Tras la muerte de su padre, Antípatro el Idumeo, el Senado romano lo nombró rey de Judea y, después de una larga campaña militar, consiguió ocupar Jerusalén en el año 37 a. C.

Aquella victoria supuso el final definitivo de la dinastía asmonea, descendiente de los Macabeos, que había protagonizado la recuperación de la independencia judía frente a los seléucidas.

Pero el problema de Herodes no era únicamente político.

Su familia procedía de Idumea, una región situada al sur de Judea cuyos habitantes habían sido incorporados al judaísmo generaciones antes. Aunque oficialmente era judío, muchos de sus contemporáneos nunca lo consideraron un heredero legítimo del antiguo reino de Israel.

Gobernaba sobre los judíos, pero había llegado al trono acompañado por las legiones romanas.

Era una circunstancia difícil de olvidar.


El aliado perfecto del Imperio romano

Si para muchos habitantes de Judea Herodes era un gobernante impuesto, para Roma era exactamente el rey que necesitaba.

Mantuvo el territorio bajo control, sofocó cualquier intento de rebelión y administró el reino con enorme eficacia. Su fidelidad al poder romano fue tan constante que sobrevivió incluso a uno de los mayores cambios políticos de la Antigüedad.

Durante años apoyó a Marco Antonio. Cuando Octavio derrotó definitivamente a Antonio y Cleopatra en Accio, cualquier aliado del derrotado podía esperar un castigo ejemplar.

Herodes hizo justamente lo contrario de lo que muchos habrían aconsejado.

Se presentó personalmente ante Octavio y reconoció que había sido leal a Marco Antonio. Después añadió que esa misma fidelidad sería la que ofrecería al nuevo dueño del Imperio.

La estrategia funcionó.

Augusto no solo confirmó su autoridad, sino que amplió sus territorios y reforzó todavía más su posición.


El miedo gobernó junto al rey

La estabilidad del reino escondía un problema permanente.

Herodes desconfiaba de todos.

Vivía convencido de que tarde o temprano surgiría una conspiración para arrebatarle el poder. Esa obsesión terminó condicionando buena parte de sus decisiones políticas.

Mandó ejecutar a varios miembros de la familia asmonea, eliminó posibles rivales y ni siquiera sus propios hijos escaparon a sus sospechas.

Alejandro y Aristóbulo, hijos de Mariamna, fueron condenados a muerte tras ser acusados de conspiración. Poco antes de fallecer, también ordenó ejecutar a Antípatro, su hijo mayor y heredero designado.

El emperador Augusto llegó a ironizar sobre aquella situación con una frase que ha pasado a la historia. Decía que era «más seguro ser el cerdo de Herodes que uno de sus hijos», jugando con el hecho de que un judío podía abstenerse de comer cerdo, pero Herodes no dudaba en matar a sus propios descendientes.

No sabemos hasta qué punto la anécdota refleja una conversación real, pero ilustra perfectamente la fama que alcanzó el monarca incluso fuera de Judea.


Un constructor brillante que escandalizaba a los más piadosos

Resulta difícil exagerar la magnitud de las obras impulsadas por Herodes.

Reconstruyó el templo de Jerusalén, levantó el puerto artificial de Cesarea Marítima, amplió Séforis, construyó el Herodión, reforzó Masada, remodeló Maqueronte y promovió numerosos edificios públicos.

Paradójicamente, muchas de esas construcciones despertaban tanto admiración como rechazo.

Herodes introdujo teatros, anfiteatros, hipódromos y otras instituciones características del mundo grecorromano que una parte de la población consideraba ajenas a las tradiciones de Israel.

En Cesarea levantó incluso un templo dedicado al emperador Augusto y a la diosa Roma.

Para los sectores más observantes aquello suponía una provocación difícil de aceptar.

No discutían su capacidad para gobernar.

Discutían el modelo de sociedad que estaba construyendo.


Cuando el Templo también se convirtió en un problema

La contradicción alcanzó su punto más llamativo en Jerusalén.

Fue precisamente Herodes quien reconstruyó el templo que conocería Jesús de Nazaret y que acabaría convirtiéndose en una de las obras arquitectónicas más impresionantes del mundo romano oriental.

Sin embargo, al mismo tiempo tomó decisiones que muchos consideraron ofensivas para el propio santuario.

Intervino directamente en el nombramiento de los sumos sacerdotes, sustituyéndolos cuando le resultaba políticamente conveniente, algo que numerosos judíos interpretaban como una intromisión inaceptable en asuntos religiosos.

Además, ordenó colocar un águila de oro sobre una de las puertas del recinto.

Para él podía simbolizar la autoridad del Estado.

Para algunos maestros de la Ley era una representación pagana incompatible con el lugar más sagrado del judaísmo.

Un grupo de jóvenes llegó a derribarla con hachas.

Herodes respondió ordenando su ejecución.


Entre la historia y la leyenda

La fama de crueldad del rey fue creciendo con el paso del tiempo.

Algunas historias proceden de autores antiguos como Flavio Josefo y probablemente contienen elementos difíciles de verificar. Otras parecen haber sido amplificadas por la tradición.

Una de las más conocidas afirma que, sabiendo cercana su muerte, ordenó reunir a numerosos personajes destacados de Judea con la intención de ejecutarlos cuando él falleciera, para asegurarse de que hubiera llanto en todo el país.

No existe constancia de que aquella orden llegara a cumplirse.

Sin embargo, relatos como este ayudan a comprender por qué el evangelista Mateo pudo incluir el episodio de la matanza de los inocentes sin que sus lectores lo consideraran completamente inverosímil.

Aunque ese episodio carece de confirmación en las fuentes históricas contemporáneas, la imagen pública de Herodes era la de un gobernante capaz de cualquier cosa con tal de conservar el poder.


El rey que preparó el escenario del cristianismo

Herodes murió en el año 4 a. C., pocos años antes de que comenzara la vida pública de Jesús.

Su reino fue dividido entre varios de sus hijos y Roma reforzó progresivamente su control sobre Judea.

Pero muchas de las realidades que encontró Jesús seguían siendo consecuencia directa del largo reinado herodiano.

El gran templo de Jerusalén, las fortalezas que dominaban el territorio, ciudades como Cesarea o Séforis, la presencia constante de Roma y buena parte de las tensiones sociales del país tenían su origen en aquellas décadas.

Herodes no fundó el cristianismo.

Ni siquiera llegó a conocer a Jesús.

Sin embargo, contribuyó decisivamente a moldear el escenario político, económico y religioso en el que surgiría el movimiento que cambiaría la historia del Mediterráneo.

Si deseas comprender con mayor profundidad cómo era realmente el mundo en el que nació Jesús y cómo evolucionó Judea bajo el dominio romano, la serie «Jesús de Nazaret» reconstruye ese contexto a partir de la historia, la arqueología y el análisis crítico de las fuentes, situando cada acontecimiento dentro de su verdadero marco histórico.

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