El Templo de Jerusalén en tiempos de Jesús: la gran obra de Herodes

Herodes el Grande transformó el antiguo santuario judío en uno de los conjuntos monumentales más impresionantes de su tiempo, aunque ni siquiera aquella obra consiguió borrar la desconfianza que despertaba el rey

Reconstrucción idealizada del Templo de Jerusalén tras la monumental ampliación emprendida por Herodes el Grande. En tiempos de Jesús, el santuario era el corazón religioso del judaísmo, pero también un importante centro económico, social y político al que acudían miles de peregrinos durante las grandes festividades.

Cuando Jesús de Nazaret llegó a Jerusalén, el Templo dominaba la ciudad.

No era simplemente un edificio religioso. Para los judíos constituía el principal santuario de su pueblo, el lugar hacia el que se dirigían las grandes peregrinaciones y el centro de buena parte de la vida ritual de Judea.

El edificio que conoció Jesús, sin embargo, era el resultado de una enorme transformación emprendida pocas décadas antes por Herodes el Grande.

Y aquí aparece una de las grandes paradojas de aquel monarca.

El rey que nunca consiguió ser plenamente aceptado por muchos de sus súbditos fue también quien convirtió el lugar más sagrado del judaísmo en un complejo monumental extraordinario.


Herodes se propuso reconstruir el corazón del judaísmo

El santuario existente antes de Herodes se remontaba al periodo posterior al exilio de Babilonia. No era exactamente el templo que, según la tradición bíblica, había levantado Salomón siglos atrás, porque aquel primer edificio había sido destruido por los babilonios en el siglo VI a. C.

Herodes decidió engrandecerlo.

El proyecto era tan ambicioso que, según Flavio Josefo, despertó inicialmente el temor de la población. ¿Qué ocurriría si el rey derribaba parte del antiguo santuario y después no era capaz de terminar el nuevo?

La preocupación era comprensible.

No se estaba reformando cualquier edificio de Jerusalén. Se estaba interviniendo en el centro religioso de Israel.

Herodes tuvo que garantizar que disponía de los materiales necesarios antes de iniciar los trabajos. Incluso hizo formar a sacerdotes en labores relacionadas con la construcción para que pudieran trabajar en las partes más sagradas sin vulnerar las normas religiosas.

Las obras comenzaron hacia los años 20-19 a. C.

Pero el proyecto era de tal magnitud que no terminó con la muerte del rey.

Décadas después todavía se trabajaba en el complejo.


Una plataforma gigantesca sobre Jerusalén

Uno de los mayores problemas era el espacio.

El monte sobre el que se levantaba el santuario no ofrecía una superficie suficiente para el enorme conjunto que Herodes había imaginado. La solución consistió en ampliar artificialmente la explanada mediante grandes muros de contención y estructuras capaces de sostener la nueva plataforma.

El resultado fue monumental.

Todavía hoy puede apreciarse una parte de aquella ingeniería en los muros que rodean la Explanada de las Mezquitas. El conocido Muro Occidental o Muro de las Lamentaciones forma parte precisamente de las estructuras de contención de la gran plataforma herodiana.

Algunas de las piedras utilizadas alcanzaron dimensiones extraordinarias.

Herodes estaba haciendo algo más que reconstruir un santuario.

Estaba modificando la propia topografía de Jerusalén.


No todo el mundo podía llegar hasta el mismo lugar

El Templo estaba organizado mediante una sucesión de espacios cuyo acceso se hacía cada vez más restringido conforme se avanzaba hacia el santuario.

La enorme explanada exterior permitía la presencia de personas que no pertenecían al judaísmo. De ahí procede la denominación tradicional de «patio de los gentiles».

Pero había un punto a partir del cual los no judíos no podían continuar.

Las fuentes y la arqueología han conservado incluso testimonios de las inscripciones que advertían de esta prohibición. Traspasar determinados límites del recinto estaba severamente castigado.

Después se encontraba el espacio conocido tradicionalmente como patio de las mujeres, al que podían acceder las mujeres judías. Más adelante aparecía el patio de Israel, reservado a los varones, y después el ámbito sacerdotal.

La arquitectura expresaba físicamente diferentes grados de proximidad a lo sagrado.

Cuanto más se avanzaba hacia el interior, menor era el número de personas autorizadas para hacerlo.


En el centro estaba el lugar más sagrado

Finalmente se levantaba el edificio del santuario.

En su interior se encontraban algunos de los objetos esenciales del culto, entre ellos la menorá, la mesa de los panes de la proposición y el altar del incienso.

Pero todavía quedaba un espacio más.

El Sancta Sanctorum o Santo de los Santos.

Era el corazón del Templo.

Allí únicamente podía entrar el sumo sacerdote y solo lo hacía en una ocasión muy concreta, durante el Yom Kippur, el Día de la Expiación.

Había, además, una ausencia cargada de significado.

El Arca de la Alianza ya no estaba allí.

Según la tradición había formado parte del antiguo templo de Salomón, pero había desaparecido siglos antes. El Santo de los Santos del Segundo Templo permanecía vacío.

Precisamente por eso la sacralidad del lugar no dependía de un objeto visible. Procedía de lo que aquel espacio representaba.


El Templo también era una enorme maquinaria económica

Reducir el Templo a su función religiosa sería engañoso.

Miles de personas llegaban a Jerusalén durante las grandes fiestas. Necesitaban alojamiento, comida y animales destinados a los sacrificios. También debían realizar determinados pagos relacionados con el propio santuario.

Alrededor de todo ello se movía una importante actividad económica.

Había vendedores de animales, cambistas y comerciantes relacionados directa o indirectamente con las necesidades de los peregrinos.

Los sacrificios constituían igualmente una parte cotidiana de la actividad del santuario. En determinadas festividades, la cantidad de animales ofrecidos debía de ser enorme.

Sacerdotes, servidores y trabajadores mantenían en funcionamiento aquel complejo día tras día.

Cuando los evangelios sitúan a Jesús enfrentándose con vendedores y cambistas en el recinto del Templo, por tanto, lo hacen dentro de una realidad económica y religiosa perfectamente reconocible para sus contemporáneos.


Herodes quiso agradar a sus súbditos, pero también recordar quién gobernaba

La reconstrucción podía interpretarse como una extraordinaria muestra de respeto hacia la religión judía.

Pero Herodes seguía siendo Herodes.

Su relación con Roma impregnaba buena parte de su política y algunas de sus decisiones provocaron un enorme rechazo.

El episodio más conocido ocurrió hacia el final de su reinado, cuando hizo colocar una gran águila de oro sobre una puerta del Templo. Para determinados maestros y jóvenes judíos, aquella imagen constituía una transgresión intolerable.

Decidieron destruirla.

La derribaron públicamente aprovechando los rumores sobre la próxima muerte del monarca.

Herodes todavía vivía.

Y reaccionó con brutalidad.

Flavio Josefo relata que los responsables fueron detenidos y que algunos de ellos, junto con sus maestros, terminaron ejecutados.

La escena resume perfectamente una de las contradicciones del reinado.

Herodes había engrandecido el Templo como ningún gobernante anterior durante siglos, pero seguía sin comprender, o sin estar dispuesto a respetar siempre, algunos de los límites que sus súbditos consideraban fundamentales.


El Templo que vio Jesús todavía estaba construyéndose

Hay un detalle especialmente interesante.

Jesús conoció un Templo que todavía no estaba completamente terminado.

Las obras iniciadas por Herodes continuaron durante décadas después de su muerte. El Evangelio de Juan recoge incluso una referencia a los cuarenta y seis años empleados en su construcción cuando sitúa a Jesús en el santuario.

El conjunto no quedó definitivamente concluido hasta pocas décadas antes de su destrucción.

Y ahí reside una de las grandes ironías de su historia.

Generaciones enteras participaron en la construcción de aquel gigantesco complejo.

En el año 70 d. C., durante la primera guerra judeorromana, las tropas de Tito tomaron Jerusalén y el Templo fue destruido.

Habían pasado alrededor de noventa años desde que Herodes emprendiera su monumental transformación.


El escenario imprescindible para comprender los últimos días de Jesús

Para entender la historia de Jesús de Nazaret es difícil encontrar un lugar más importante que este.

Jesús acudió a Jerusalén.

Entró en el recinto del Templo.

Enseñó allí.

Se enfrentó con algunos de quienes desarrollaban su actividad en aquel espacio.

Y sus últimos días transcurrieron bajo la sombra política y religiosa del santuario.

El Templo concentraba demasiadas cosas al mismo tiempo. Era lugar de culto, destino de peregrinación, centro económico, símbolo de la identidad colectiva y uno de los principales espacios de poder de Judea.

También era un lugar especialmente sensible durante la Pascua, cuando Jerusalén recibía una enorme cantidad de peregrinos y las autoridades permanecían atentas a cualquier alteración del orden.

Por eso el Templo no constituye únicamente el decorado de algunos episodios evangélicos.

Forma parte de su explicación.

La serie «Jesús de Nazaret» profundiza precisamente en ese mundo que rodeó al personaje histórico, desde la Galilea en la que creció hasta la Jerusalén en la que terminó sus días. Conocer cómo funcionaba el Templo, quién ejercía el poder en él y qué significaba para los judíos del siglo I permite leer algunos de los episodios más conocidos de la vida de Jesús desde una perspectiva histórica muy diferente.

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