Entre campos de cereal, olivares, pequeñas aldeas y comunidades de pescadores transcurrió buena parte de la vida de Jesús, en una Galilea mucho más rural que urbana y marcada por profundas diferencias sociales
Cuando pensamos en la Galilea de Jesús resulta fácil imaginar inmediatamente el lago, las barcas y los pescadores. Los propios evangelios han contribuido a fijar esa imagen. Pedro y Andrés echando las redes, Santiago y Juan trabajando junto a su padre, multitudes reunidas en la orilla y Jesús desplazándose de una población a otra alrededor del lago de Genesaret.
Pero aquella era solo una parte de Galilea.
La región en la que Jesús creció combinaba montañas, valles cultivados, aldeas campesinas, algunas ciudades y un lago alrededor del cual se desarrollaba una actividad económica particular. Para comprender a sus habitantes hay que mirar precisamente hacia ese paisaje. La mayoría dependía directamente de lo que producía la tierra y, en determinadas zonas, de lo que podía obtenerse del agua.
Tres paisajes dentro de una misma Galilea
Galilea suele dividirse geográficamente en Alta Galilea, Baja Galilea y la zona situada alrededor del lago.
La Alta Galilea ocupaba el norte. Era un territorio más elevado y accidentado, con montañas que superaban ampliamente las alturas de las zonas meridionales.
La Baja Galilea presentaba un relieve menos abrupto, con colinas y valles que favorecían los cultivos. Allí se encontraba Nazaret, además de poblaciones como Naín y una ciudad que destacaba claramente sobre las pequeñas comunidades rurales de su entorno, Séforis.
Hacia el este aparecía un paisaje completamente diferente.
El terreno descendía hacia el lago de Genesaret, conocido también como mar de Galilea. En sus alrededores se encontraban Cafarnaúm, Magdala, Betsaida y, desde el gobierno de Herodes Antipas, la nueva ciudad de Tiberíades.
Buena parte de la actividad pública de Jesús se concentraría precisamente en este último espacio.
Una tierra de trigo, cebada, viñas y olivos
Galilea poseía buenas zonas agrícolas.
La agricultura mediterránea proporcionaba los productos fundamentales de la alimentación y de la economía local. Se cultivaban trigo y cebada, había viñedos y olivares, árboles frutales y pequeñas huertas.
El paisaje que aparece una y otra vez en las parábolas de Jesús no necesita, por tanto, demasiada imaginación.
Un sembrador saliendo a sembrar.
La semilla que cae en terrenos diferentes.
Los jornaleros esperando ser contratados.
Una viña y su propietario.
La cosecha.
La higuera.
El grano de mostaza.
Eran imágenes que sus oyentes podían reconocer inmediatamente porque pertenecían a su mundo.
No significa necesariamente que cada parábola describa literalmente las condiciones económicas de Galilea. Se trata de relatos construidos con una finalidad determinada. Pero el material utilizado para construirlos procedía de una sociedad que conocía muy bien los ritmos de la tierra.
La mayoría de los galileos vivía del campo
El peso del mundo rural era enorme.
Resulta difícil establecer porcentajes exactos para la población dedicada a cada actividad en la Galilea del siglo I, pero no hay duda de que agricultores, jornaleros y otras personas vinculadas a la producción agraria constituían la gran mayoría.
Y vivir del campo no significaba necesariamente poseer la tierra que se trabajaba.
Había pequeños propietarios, arrendatarios y trabajadores contratados para determinadas labores. Las malas cosechas, las deudas y los impuestos podían colocar a las familias más modestas en situaciones muy difíciles.
Aquí conviene evitar una imagen demasiado sencilla de una Galilea formada únicamente por campesinos autosuficientes que producían lo necesario para vivir. El campo estaba relacionado con las ciudades y con los mecanismos fiscales del reino de Herodes Antipas.
Parte de lo producido terminaba fuera de la propia familia.
Y junto al lago estaban los pescadores
Al llegar al lago cambiaba también la economía.
La pesca constituía una actividad importante en poblaciones como Cafarnaúm, Magdala y Betsaida. No sorprende que algunos de los primeros seguidores que los evangelios atribuyen a Jesús procedieran precisamente de este ambiente.
Pedro y Andrés aparecen como pescadores. También Santiago y Juan.
Las barcas permitían faenar, pero servían igualmente para desplazarse entre distintos puntos de la orilla. El Evangelio de Juan conserva una escena especialmente expresiva en la que varias embarcaciones procedentes de Tiberíades llegan a la zona y parte de la multitud termina navegando hasta Cafarnaúm en busca de Jesús.
El lago no separaba necesariamente a las poblaciones.
También las comunicaba.
La pesca era algo más que echar una red al agua
La imagen romántica del pescador trabajando únicamente para alimentar a su familia tampoco explica toda la realidad.
El pescado podía consumirse fresco, pero también procesarse para facilitar su conservación y comercialización. Magdala estuvo especialmente vinculada a este mundo pesquero y a las actividades desarrolladas alrededor de las capturas del lago.
Había redes que fabricar y reparar, embarcaciones que mantener y capturas que transportar y vender.
Los propios evangelios dejan escapar algún detalle interesante. Marcos, por ejemplo, presenta a Zebedeo en la barca junto a sus hijos y unos jornaleros. La escena sugiere una pequeña organización laboral algo más compleja que la de un pescador solitario sobreviviendo con lo capturado cada mañana.
Jesús debió de conocer bien ese ambiente durante los años de su actividad pública.
No sabemos si pescó alguna vez.
Sí sabemos que los relatos sobre su predicación están llenos de peces, redes y barcas.
Cafarnaúm se convirtió en uno de los centros de su actividad
Nazaret estaba vinculada a la juventud de Jesús, pero los evangelios conceden mucha mayor importancia a Cafarnaúm durante su etapa como predicador.
La elección tenía sentido.
La localidad se encontraba junto al lago y estaba mejor comunicada que Nazaret. La pesca formaba parte de su economía y por sus alrededores circulaban personas y mercancías.
Los evangelios sitúan allí una casa relacionada con Pedro, una sinagoga y numerosos episodios de la actividad de Jesús.
La arqueología ha permitido además conocer bastante mejor la antigua población. Bajo la monumental sinagoga conservada actualmente aparecieron restos de una construcción anterior, mientras que las excavaciones de las viviendas han permitido aproximarnos al aspecto de las casas en las que habitaban sus vecinos.
La Cafarnaúm de Jesús estaba muy lejos de ser una gran ciudad.
Y precisamente por eso resulta tan significativa.
Entre las aldeas y las ciudades había una enorme distancia social
La mayoría de los habitantes de Galilea no vivía como las élites que ocupaban los puestos superiores de la administración.
Las diferencias podían verse incluso en el paisaje.
Séforis y posteriormente Tiberíades concentraban actividades administrativas y sectores acomodados. Sus edificios y espacios públicos tenían poco que ver con las viviendas modestas de las aldeas.
Allí encontramos una sociedad más urbana, relacionada con el gobierno de Herodes Antipas y abierta a elementos culturales propios del Mediterráneo helenístico y romano.
En el otro extremo estaban los campesinos, pescadores, artesanos y jornaleros.
Entre ambos mundos circulaban productos, impuestos y personas.
Por eso tampoco conviene imaginarlos como dos universos completamente separados.
Los impuestos llegaban también a las aldeas
Por encima de aquella sociedad estaba Herodes Antipas.
Mantener la administración, desarrollar sus proyectos urbanos y cumplir las obligaciones derivadas de su relación con Roma exigía recursos.
Los impuestos formaban parte de la vida económica de la población.
A ellos podían añadirse rentas, deudas y obligaciones religiosas. Para una familia con suficientes tierras, una buena cosecha podía proporcionar cierto margen. Para otra situada cerca de la subsistencia, una sucesión de dificultades podía tener consecuencias mucho más serias.
Los evangelios muestran hasta qué punto el recaudador de impuestos constituía una figura reconocible para quienes escuchaban aquellas historias.
También aquí la experiencia cotidiana terminó entrando en el lenguaje religioso.
¿Vivían los galileos en la miseria?
Conviene introducir un matiz.
No podemos describir a toda la población galilea como una masa permanentemente hambrienta y desnutrida. Las condiciones económicas variaban mucho entre unas familias y otras y no disponemos de datos que permitan reconstruir con semejante precisión el nivel de vida de cada grupo.
Sí podemos hablar de una sociedad profundamente desigual.
Existían élites políticas y económicas, propietarios con recursos, pequeños campesinos, pescadores, artesanos, jornaleros y personas que podían encontrarse en situaciones de extrema vulnerabilidad.
La pobreza era una realidad.
También lo eran la propiedad, el comercio y determinados niveles de prosperidad.
Precisamente esa diversidad ayuda a entender por qué en las palabras atribuidas a Jesús aparecen ricos y pobres, propietarios y trabajadores, acreedores y deudores, administradores, recaudadores y mendigos.
El paisaje ayuda a comprender el lenguaje de Jesús
Jesús no predicó utilizando conceptos desligados de la experiencia de quienes lo escuchaban.
Habló de semillas porque vivía entre agricultores.
De viñas porque las había.
De jornaleros porque formaban parte de la sociedad.
De redes porque pasó buena parte de su actividad junto a un lago lleno de pescadores.
Y de deudas porque podían determinar el futuro de una familia.
Esto no convierte automáticamente sus parábolas en documentos económicos. Tampoco significa que podamos reconstruir la sociedad galilea tomando literalmente cada relato evangélico.
Pero sí nos recuerda algo importante.
El lenguaje de Jesús nació en un lugar concreto.
Antes de convertirse en textos copiados durante siglos, aquellas imágenes pertenecían al mundo de unas personas que sembraban, cosechaban, pescaban, pagaban impuestos y recorrían a pie los caminos de Galilea.
La serie «Jesús de Nazaret» profundiza en ese escenario cotidiano para situar al personaje histórico entre las personas y los paisajes que realmente formaron parte de su mundo. Porque conocer a Jesús también exige apartar durante un momento la mirada de los grandes acontecimientos y observar algo mucho más sencillo: qué cultivaban sus vecinos, cómo se ganaban la vida y qué podían contemplar cada mañana al salir de sus casas.

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