Séforis y Tiberíades: las ciudades que transformaron la Galilea de Jesús

Mientras Jesús crecía en Nazaret y recorría las aldeas del lago, Herodes Antipas impulsó dos centros urbanos desde los que administró Galilea. Su desarrollo acercó el poder a las comunidades rurales y modificó las relaciones entre el campo, la ciudad y la economía

Recreación artística de Tiberíades durante el gobierno de Herodes Antipas. Fundada a orillas del lago de Galilea hacia los años 18-20 d. C., la nueva capital concentró funciones administrativas y reforzó la relación entre el poder herodiano, las ciudades y las comunidades rurales de la región.

La Galilea de Jesús no estaba formada únicamente por aldeas, campos de cereal y pequeñas comunidades de pescadores.

Había también ciudades.

Y dos de ellas tuvieron una importancia especial durante las primeras décadas del siglo I: Séforis y Tiberíades.

Las dos estuvieron vinculadas a Herodes Antipas. Las dos desempeñaron funciones administrativas. Y las dos muestran una cara de Galilea bastante diferente de la que encontramos cuando dirigimos la mirada hacia Nazaret, Cafarnaúm o las pequeñas poblaciones rurales.

Mientras buena parte de la población vivía de la agricultura, la pesca o los trabajos artesanales, desde estos centros urbanos se ejercía el poder.


Séforis, una ciudad a pocos kilómetros de Nazaret

Séforis se levantaba sobre una colina de la Baja Galilea, a pocos kilómetros de Nazaret.

Su posición era excelente.

Desde allí se controlaba un territorio agrícola fértil y bien comunicado, por lo que la ciudad tenía una importancia que iba mucho más allá de sus dimensiones.

Tras la muerte de Herodes el Grande, en el año 4 a. C., Galilea se vio afectada por los disturbios que siguieron a la desaparición del monarca. Uno de los levantamientos estuvo encabezado por Judas, hijo de Ezequías, que actuó precisamente en Séforis.

La respuesta romana fue contundente.

Las fuerzas enviadas por el gobernador de Siria, Publio Quintilio Varo, tomaron la ciudad y la castigaron severamente.

Poco después, Herodes Antipas recibió Galilea y Perea como parte de la herencia de su padre. Una de sus primeras grandes actuaciones fue recuperar Séforis.


La ciudad que crecía mientras Jesús era niño

Este detalle convierte a Séforis en uno de los lugares más interesantes para reconstruir la infancia y juventud de Jesús.

Mientras Jesús crecía en la cercana Nazaret, la ciudad estaba siendo reconstruida.

Tuvo que necesitar trabajadores.

Canteros, albañiles, carpinteros y otros artesanos encontraron allí posibilidades de empleo. Por eso se ha propuesto muchas veces que José o incluso Jesús pudieron desplazarse hasta Séforis para trabajar.

La hipótesis resulta razonable por la proximidad y porque los evangelios presentan a Jesús y a José mediante el término griego tekton, que puede designar a un artesano dedicado a distintos trabajos relacionados con la construcción.

Pero no podemos ir más lejos.

Ningún texto antiguo afirma que Jesús trabajara en Séforis y, de hecho, la ciudad ni siquiera aparece mencionada en los evangelios.

Es una posibilidad histórica interesante, no un episodio conocido de su biografía.


Desde Séforis se gobernaba el campo

La importancia de una ciudad como Séforis no se explica únicamente por sus edificios.

Allí se concentraban funciones que las pequeñas aldeas no podían desempeñar de la misma manera.

Administradores, funcionarios, grandes propietarios y personas vinculadas a la recaudación o al gobierno tenían en los centros urbanos un espacio privilegiado para desarrollar su actividad.

Esto creaba una relación muy particular con el territorio circundante.

La ciudad necesitaba al campo.

Había que alimentarla.

Cereales, aceite, vino, frutas y otros productos procedían de las tierras cultivadas por las comunidades rurales. Una parte de esos recursos llegaba mediante el comercio; otra podía hacerlo a través de rentas, impuestos y diferentes obligaciones.

El campesino podía vivir lejos de los edificios donde se tomaban las decisiones, pero esas decisiones terminaban llegando hasta su parcela.


Antipas decidió levantar una capital completamente nueva

Séforis no conservó para siempre su posición como principal centro del gobierno de Antipas.

Hacia los años 18-20 d. C., el tetrarca emprendió uno de los proyectos más ambiciosos de su reinado.

Fundó Tiberíades en la orilla occidental del lago de Galilea.

El propio nombre de la ciudad revelaba las intenciones políticas de Antipas. Estaba dedicada al emperador Tiberio, que gobernaba Roma desde el año 14.

Era una forma bastante explícita de manifestar fidelidad.

Antipas trasladó allí su capital y convirtió la nueva ciudad en uno de los principales centros administrativos de la región.

El cambio debió de resultar especialmente visible para las comunidades que vivían alrededor del lago.


El problema de construir sobre antiguas tumbas

La fundación de Tiberíades tuvo, además, una dificultad peculiar.

Flavio Josefo cuenta que parte de la ciudad fue construida sobre un antiguo cementerio.

Aquello podía plantear un serio problema para determinados judíos debido a las normas de pureza relacionadas con el contacto con los muertos y las tumbas.

Según Josefo, Antipas tuvo dificultades para conseguir habitantes y recurrió a diferentes grupos de población, ofreciendo incluso casas y tierras para favorecer el asentamiento.

La anécdota permite observar algo que se pierde cuando contemplamos únicamente los restos monumentales.

Construir una ciudad no significaba solo levantar edificios.

Había que conseguir que alguien quisiera vivir en ellos.


Dos ciudades y una mayoría que seguía viviendo en aldeas

Séforis y Tiberíades destacaban dentro de Galilea, pero no debemos convertirlas en la medida de toda la región.

La mayoría de la población seguía viviendo fuera de ellas.

Nazaret, Cafarnaúm y muchas otras comunidades eran asentamientos mucho más modestos. La vida cotidiana de sus habitantes continuaba ligada al campo, los talleres artesanales o el lago.

Precisamente por eso el contraste resulta interesante.

Mientras en las aldeas se sembraba, se cosechaba y se reparaban redes, en las ciudades se concentraban determinadas funciones administrativas y sectores de población con mayor capacidad económica.

Galilea contenía ambos mundos.

Y estaban necesariamente conectados.


¿Obligaron las ciudades a producir más al campo?

Es razonable pensar que el crecimiento urbano aumentó la demanda de alimentos y otros productos procedentes de las zonas rurales.

También pudo ofrecer nuevas oportunidades.

Un artesano podía encontrar trabajo en una obra. Un campesino podía disponer de un mercado mayor para determinados productos. Los habitantes urbanos necesitaban alimentos que alguien tenía que cultivar, transportar y vender.

Pero esa relación no beneficiaba necesariamente a todos por igual.

Las élites podían obtener rentas de sus propiedades y la administración necesitaba recursos para mantener el aparato político y financiar los proyectos de Antipas.

Por eso algunos investigadores han relacionado el desarrollo urbano de Galilea con una mayor presión sobre el campesinado.

Conviene, sin embargo, no convertir esa interpretación en una certeza absoluta. Resulta difícil demostrar que la construcción de Séforis y Tiberíades provocara por sí sola un empobrecimiento generalizado de los campesinos galileos.

La realidad económica debió de ser bastante menos uniforme.


¿Cambió también la forma de cultivar?

También se ha planteado que la integración del campo en una economía más orientada hacia las ciudades pudo favorecer una producción agrícola destinada en mayor medida al mercado.

Los grandes propietarios tenían razones para buscar excedentes comercializables. Cereales, aceite o vino podían almacenarse, transportarse y venderse.

Sin embargo, hablar de una imposición generalizada del monocultivo en toda Galilea iría más allá de lo que permiten afirmar las evidencias.

Las familias campesinas continuaban necesitando una producción diversificada para su propio consumo.

Lo interesante no es imaginar que un sistema sustituyó repentinamente al otro, sino observar cómo una economía tradicionalmente rural convivía cada vez más estrechamente con ciudades, impuestos, mercados y grandes propiedades.


Las monedas también empezaron a verse más

La transformación tuvo otra manifestación mucho más pequeña.

Las monedas.

Herodes Antipas acuñó moneda durante su gobierno. Sus emisiones fueron principalmente de bronce y, como era habitual en la moneda herodiana destinada a una población judía, evitaron generalmente representar figuras humanas.

Las monedas facilitaban determinados intercambios, el cobro de tasas y la actividad de los mercados, aunque sería exagerado imaginar que sustituyeron de repente todas las formas tradicionales de intercambio.

En las pequeñas transacciones cotidianas eran especialmente útiles las piezas de escaso valor.

Y aquí volvemos a encontrarnos con los evangelios.

Denarios, dracmas, talentos y pequeñas monedas aparecen continuamente en parábolas y episodios relacionados con Jesús.

Para sus oyentes no eran conceptos abstractos.

Formaban parte de la vida diaria.


Jesús predicó entre las aldeas, no desde los grandes centros del poder

Hay una última cuestión que resulta especialmente sugerente.

Los evangelios conceden una enorme importancia a pequeñas poblaciones como Cafarnaúm y prácticamente ninguna a Séforis y Tiberíades.

Tiberíades aparece de manera muy secundaria y Séforis ni siquiera es mencionada.

No sabemos por qué.

Sería arriesgado deducir de ese silencio que Jesús rechazó deliberadamente las ciudades herodianas. Los evangelios seleccionan los lugares que interesan a sus autores y no constituyen diarios completos de todos los movimientos de Jesús.

Pero el contraste existe.

La actividad que las fuentes recuerdan se desarrolla fundamentalmente entre aldeas, caminos, campos y comunidades de pescadores.

Mientras Antipas gobernaba desde sus ciudades, Jesús hablaba sobre todo ante la población de ese otro mundo galileo.

Y ambos espacios estaban mucho más relacionados de lo que parece.

Las cosechas alimentaban las ciudades. Los impuestos viajaban hacia los centros administrativos. Los trabajadores podían desplazarse buscando empleo. Las monedas circulaban entre mercados y aldeas.

Séforis y Tiberíades permiten así contemplar la Galilea de Jesús desde una perspectiva diferente. No solo como el paisaje rural que aparece tantas veces en los evangelios, sino como una sociedad en transformación en la que el campo convivía con nuevos centros de poder, consumo y administración.

La serie «Jesús de Nazaret» profundiza en este escenario para situar al Nazareno dentro de la Galilea que realmente conoció. Una tierra de campesinos y pescadores, pero también de funcionarios, propietarios, recaudadores y ciudades desde las que Herodes Antipas intentaba gobernar un territorio que seguía formando parte, en último término, del mundo dominado por Roma.

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