La tradición bíblica sitúa en la figura de Moisés el momento en que los antiguos hebreos dejaron de ser un grupo disperso para convertirse en un pueblo unido por una misma ley, una misma fe y una misma identidad colectiva
Antes de que existieran Jerusalén, los grandes reyes de Israel o el templo que conoció Jesús de Nazaret, la tradición judía sitúa un acontecimiento decisivo: el Éxodo.
Se trata de uno de los relatos más influyentes de toda la historia del judaísmo y del cristianismo.
Su importancia va mucho más allá de la posible reconstrucción histórica de los hechos. Durante siglos, este episodio proporcionó al pueblo judío una explicación sobre su origen, su relación con Dios y el sentido de su existencia como comunidad diferenciada.
Comprender esta tradición resulta esencial para entender la mentalidad que todavía seguía viva en tiempos de Jesús.
Moisés y la salida de Egipto
Según el libro del Éxodo, los israelitas vivían sometidos en Egipto cuando Dios llamó a Moisés para conducirlos hasta la Tierra Prometida.
La tradición sitúa estos acontecimientos hacia el siglo XIII a. C., durante el reinado de Ramsés II o, según otras propuestas, bajo su sucesor Merneptah. Sin embargo, los especialistas mantienen un intenso debate sobre su historicidad y sobre la posibilidad de identificar arqueológicamente este episodio.
Más allá de esas discusiones, el relato convirtió a Moisés en el gran libertador de Israel.
Curiosamente, las Escrituras no lo presentan como un conquistador ni como un jefe militar. Su autoridad procede de su relación privilegiada con Yaveh, de quien recibe la misión de conducir al pueblo y transmitirle la Ley.
Por ello, la tradición judía terminó considerándolo el mayor de sus profetas.
La Alianza del Sinaí y el nacimiento del pueblo elegido
Durante la travesía por el desierto se produjo uno de los momentos fundamentales de toda la tradición bíblica.
En el monte Sinaí, Dios estableció una alianza con Israel mediante Moisés y entregó las Tablas de la Ley.
A partir de ese momento, la identidad del pueblo no descansaba únicamente sobre un territorio o una ascendencia común, sino sobre un pacto religioso que regulaba todos los aspectos de la vida.
La tradición presenta también el Arca de la Alianza como el gran símbolo de ese compromiso entre Dios e Israel.
Este episodio marcaría profundamente toda la historia posterior del judaísmo y seguiría siendo una referencia constante durante la época de Jesús.
La llegada a Canaán y el tiempo de los Jueces
Tras la llegada a Canaán, las tribus israelitas comenzaron un lento proceso de asentamiento.
Según la tradición bíblica, el territorio se repartió entre las doce tribus de Israel, que formaron una confederación dirigida por los llamados Jueces.
No existía todavía una monarquía unificada.
Cada comunidad conservaba una considerable autonomía y recurría a estos dirigentes cuando surgían conflictos militares, políticos o religiosos.
Muchos historiadores consideran que fue durante esta etapa cuando se consolidó buena parte de la identidad cultural israelita, fruto también del contacto con las poblaciones cananeas que ya habitaban la región.
La amenaza de los filisteos cambió el rumbo de Israel
Mientras las tribus trataban de consolidarse, un nuevo enemigo comenzó a ganar protagonismo.
Los filisteos, establecidos en la costa mediterránea, organizaron varias ciudades fortificadas y ejercieron una presión constante sobre los territorios israelitas.
Aquella amenaza terminó transformando la organización política de Israel.
La antigua confederación tribal empezó a resultar insuficiente para hacer frente a enemigos cada vez mejor organizados.
Ese proceso desembocaría en la instauración de la monarquía, primero con Saúl y, poco después, con David, cuya figura marcaría el inicio de una nueva etapa en la historia del pueblo judío.
Precisamente ese mundo político y religioso, construido a partir de la tradición de Moisés y desarrollado durante los siglos siguientes, seguía siendo el marco mental en el que vivieron Jesús de Nazaret y sus contemporáneos.
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