La destrucción de los antiguos reinos hebreos por asirios y babilonios transformó para siempre la historia del pueblo judío. Del exilio surgieron muchas de las creencias, instituciones y esperanzas que seguían vivas cuando nació Jesús de Nazaret
Tras el esplendor alcanzado durante los reinados de David y Salomón, el reino unificado de Israel comenzó a fragmentarse.
Las tensiones políticas, las luchas internas y la presión de las grandes potencias del Próximo Oriente terminaron provocando una larga etapa de invasiones, deportaciones y dominación extranjera que cambiaría profundamente la identidad del pueblo judío.
Paradójicamente, fueron esos siglos de crisis los que terminaron configurando buena parte del judaísmo que conoció Jesús.
La división del reino debilitó a Israel
A la muerte de Salomón, el reino se escindió en dos entidades políticas.
Al sur quedó el reino de Judá, con capital en Jerusalén.
Al norte surgió el reino de Israel, cuya capital terminó estableciéndose en Samaria.
Esta división debilitó considerablemente a ambos territorios.
Las rivalidades internas coincidieron con el ascenso de grandes imperios como Asiria, que poco a poco comenzaron a intervenir en la política de la región.
Al mismo tiempo, la Biblia sitúa en este contexto la aparición de algunos de los grandes profetas, como Elías, Amós, Oseas o Isaías, cuyas predicaciones denunciaban tanto las injusticias sociales como el abandono del culto exclusivo a Yaveh.
Asiria y Babilonia acabaron con los antiguos reinos hebreos
El primer gran golpe llegó en el año 722 a. C.
Tras varios años de resistencia, el Imperio asirio conquistó Samaria y puso fin al reino de Israel.
Buena parte de su población fue deportada a distintas regiones del Imperio, mientras otros grupos extranjeros fueron asentados en el territorio. De esa compleja mezcla surgiría, con el paso del tiempo, la comunidad samaritana, que mantendría una identidad propia durante siglos.
Judá consiguió sobrevivir todavía algún tiempo.
Sin embargo, el auge del Imperio neobabilónico terminó cambiando también su destino.
En el año 586 a. C., el rey Nabucodonosor II conquistó Jerusalén, destruyó el templo de Salomón y deportó a parte de la élite judía a Babilonia.
Aquel episodio marcó profundamente la memoria colectiva de Israel.
La pérdida del templo, del reino y de la independencia obligó a replantear la propia identidad del pueblo judío.
El regreso permitió reconstruir Jerusalén
Décadas más tarde, una nueva potencia dominó Oriente Próximo.
Cuando el rey persa Ciro II conquistó Babilonia permitió el regreso de numerosos pueblos deportados, entre ellos los judíos.
Muchos israelitas volvieron entonces a Jerusalén y emprendieron la reconstrucción del templo, que quedó finalizada hacia el año 515 a. C.
Durante este periodo adquirieron una enorme importancia figuras como Esdras y Nehemías, responsables de reorganizar la comunidad judía y reforzar el papel de la Ley como eje de la vida religiosa y social.
El judaísmo fue configurándose cada vez más alrededor de las Escrituras, del templo y de una interpretación rigurosa de la tradición.
Del dominio griego al poder de Roma
La llegada de Alejandro Magno en el siglo IV a. C. incorporó Judea al mundo helenístico.
Tras su muerte, la región pasó alternativamente a manos de los ptolomeos y de los seléucidas, un periodo que generó profundas tensiones entre quienes defendían la tradición judía y quienes aceptaban una mayor influencia de la cultura griega.
La rebelión de los Macabeos permitió recuperar durante algunas décadas un Estado judío independiente.
Sin embargo, esa independencia terminó en el año 63 a. C., cuando el general romano Pompeyo conquistó Jerusalén e incorporó definitivamente Judea a la órbita de Roma.
Fue en ese escenario político donde nacería Jesús de Nazaret pocas décadas después.
La sociedad que encontró estaba marcada por siglos de invasiones, dominaciones extranjeras y esperanzas de restauración nacional. Muchas de las expectativas mesiánicas presentes en el siglo I hundían sus raíces precisamente en toda esa larga historia.
Comprender ese recorrido permite entender mucho mejor el contexto político, religioso y cultural en el que surgió el cristianismo.
Si deseas profundizar en esta evolución histórica y conocer con mayor detalle el mundo en el que vivió Jesús, la serie «Jesús de Nazaret» analiza de forma rigurosa el desarrollo del pueblo de Israel desde sus orígenes hasta la época del Nazareno, integrando las aportaciones de la historia, la arqueología y el estudio crítico de las fuentes.

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