La matanza del cerdo en la historia

La historia del cerdo va prácticamente pareja a la del ser humano desde tiempos remotos

La matanza del cerdo en la historia

La historia del cerdo va prácticamente pareja a la nuestra desde tiempos remotos. Nuestros antepasados, en el Neolítico, pasaron de la depredación a la producción de alimentos. En este proceso de la domesticación del medio, por su gran aporte de proteínas y grasas, la carne porcina fue ocupando un lugar cada vez más importante en la dieta humana.

Los especialistas no se ponen de acuerdo en la procedencia de la domesticación del cerdo. Hay dos posiciones destacadas, los que creen que surgió en el Próximo Oriente hace unos 10000 años y, de allí, se extendió a otras zonas, y los que piensan que apareció de forma espontánea en varios sitios a la vez.

En la antigua China, sobre el 4500 a.C., se encontraba ya al cerdo ocupando un lugar preeminente. Se fue configurando la mitología de este animal y, poco a poco, se convirtió en un símbolo de prestigio, según las interpretaciones extraídas de las excavaciones de las sepulturas prehistóricas de la provincia de Shandong. La carne porcina, junto con el arroz y las verduras, pasaron a ser un alimento básico de la población china.

En el antiguo Egipto, el consumo de cerdo estaba prohibido, pero la gran cantidad de huesos de este animal aparecidos en los yacimientos excavados testimonian que los habitantes de las tierras del Nilo se saltaban esta norma con facilidad. En su tradición, lo idóneo era esperar a los sacrificios de los días de plenilunio, cuando se conmemoraba al dios Seth. Esta divinidad, según la mitología egipcia, se transformaba periódicamente en un cerdo negro que devoraba a la luna.

En la mítica Troya existía la costumbre de sacrificar un cochino, un carnero y un toro en honor del dios Poseidón, para aplacar así su cólera. Homero relató en la Ilíada, igualmente, los grandes banquetes que los héroes celebraban, en los que era típico encontrar la carne pinchada en largos hierros y asada a la lumbre. Los cerdos, desde antiguo, eran un elemento importante en la mitología griega y, en ciertas ocasiones, se sacrificaban en honor de divinidades como Deméter, Cibeles o Marte.

Los romanos, con su gran eficacia, organizaron la matanza y la venta del cerdo, institucionalizaron el oficio del carnicero y establecieron pautas sobre factores como la edad más propicia para sacrificar a los animales.

Algunos libros religiosos de tradición hebrea, como el Talmud judío o el Corán islámico, prohíben a sus fieles el consumo de la carne porcina. Es posible que detrás de dichas restricciones se escondieran razones sanitarias ya que, en aquellos tiempos, se desconocía la triquina, una enfermedad parasitaria propia del cochino. En el Deuteronomio, un libro bíblico del Antiguo Testamento y del Tanaj hebreo, se indica que se puede comer “todo animal que tenga la pezuña dividida, el pie hendido y rumie”. Así que el puerco, al no ser un rumiante, queda totalmente excluido de la dieta judía. En el Corán, del mismo modo, se determinan los alimentos halal o permitidos y los haram o prohibidos, y se expresa explícitamente la prohibición de consumir “todo animal hallado muerto, la sangre y la carne de cerdo”.

Al contrario que en el islam, el cristianismo sí permite su consumo. De hecho, como se recoge en el Nuevo Testamento, el apóstol Pablo indicó que no era necesario “abstenerse de alimentos que Dios creó para que, con acción de gracias, participasen de ellos los creyentes”.

En la península Ibérica, durante la dominación islámica, los andalusíes elaboraban el conocido como alhale, que no era otra cosa que lomo de cordero o cabra salado y cocinado con aceite, aunque a los cristianos se les permitía elaborarlo también con carne porcina. Los musulmanes de al-Ándalus, por tanto, respetaron que los cristianos siguieran consumiendo cerdo.

Para concluir, es posible que las tradicionales matanzas del cerdo, tal y como las conocemos hoy, provengan de los tiempos medievales y modernos, en los que había que exaltar una forma de vida cristiana para no ser señalados por el terrorífico dedo de la Inquisición.